
En un pequeño negocio de barrio, mientras espero, contemplo a los
protagonistas que le visitan. Como decoraciones de aquella vieja y
descuidada estructura de techo muy bajo y agrietado, sobre losetas
insensatas con decoraciones que declaman su historia entre la sucia
cubierta que les guarnecen, esperan entre barrotes violentos los
personajes alimentar sus sebos. Un hombre alto, de algunos 60 años, con
pelo blanco y barba cuidada se enorgullece en silencio de su estilizado
calzado rojo; sobresaliendo así las líneas escarlatas de su camisa de
cuadros, muy entallada. Sus ajustados mahones no irían a ninguna parte.
Si aquella moldeada pieza en algo le fallara, para eso estaba aquella
correa tan apretada. Junto a él, una joven que dejaba pasear su
celulitis sin timidez bajo cortísimos pantalones. Sin duda quería
dejarle compañía a sus muslos, porque su blanda barriga también dejó
desnuda. No sé si eran sus sandalias, sus largas y decoradas uñas o su
cabello turbante lo que me hacía pensar que a aquella mujer la había
visto yo en alguna otra parte. Tras ella, sin razón aparente, un hombre
de edad avanzada disfrazado de adolecente pretendía hacernos pensar que
era el suelo lo que contemplaba. Buscaba desesperadamente atención
declamando con erotismo forzado discursos ignorados, mientras mi nariz
sufría la insensatez de aquél exceso de perfume depreciado.
No fue hasta que entró el joven con gafas de sol y gorra, acicalando
su cuello con una cadena de oro tan gruesa como las utilizadas en
tiempos de esclavitud, la antigua, con sus anchísimos atuendos y su
condición bravucona que me di cuenta de lo que me estaba ocurriendo. Mi
pulso estaba siendo exaltado no tan solo por el violento contexto de
nuestra realidad ni por el amarillismo que la reporta, sino también por mis
prejuicios. Intenté alejarme de ellos pero mi condición humana me lo
impedía; fue entonces cuando decidí abrazarlos y ponerle nombre a esta
historia: El viejo pato, la puta, el viejo verde y el caco.