viernes, 6 de junio de 2014

Quimera





Entre horas de soledad, interminables días, te deseo. 


No sé si es esa la fuente, tu secreto. 


No sé si ilusionas a quienes ya no tienen más que esperar 


Que el sueño, tu anhelo. El sueño de amar. 






Vives en el silencio, 


Esa obscuridad que te crea, 


Esa que llena tu nombre de fuego, 


Y a mi corazón llena de pena. 






Si te nombro... 


Esa realidad siempre deshace deseos. 






Siento que muero si no te tengo. 


Siento que no vivo si solo existes en mis pensamientos. 


Quisiera a los cuatro vientos poder gritar 


Que es posible, es posible amar. 






Luego, con garras ambiciosas desgarras mi piel. 


De mis charcos de sangre te doy de beber. 






Si eres un sueño quiero despertar, 


Sino grito, o me dan ganas de matar. 


Mataré a golpes este codiciar, 


Con la esperanza, siempre, de que quieras regresar.


Noche





Mi obscuridad se ilumina con tu mirada,


Ya no soy un hombre solo en la mañana.


Desprendo mi esencia en tu ser,


Tu inspección me da a conocer.






Entiendes que no soy yo quien conocías,


Me vuelvo a encerrar entre angustias.


Nuevamente puedo entender,


Nadie quiere noche sin amanecer.






Solo seguiré vagando el camino,


Quizá sea ese mi destino.


Al menos de algo estaré seguro,


Nunca daré luz, soy un hombre obscuro.


Estro




No sé lo que digo,


Lo digo y no entiendo.


Entre brisas y espumas,


Fluye el silencio.






Versos de olvido,


Versos de espanto,


Un segundo y te miro,


Un remanso de llanto.






Versos ridículos,


Rima inventada.


Real es un sueño,


Un sueño en mañana.






Te obligo y no naces,


Te dejo y me sigues.


No aflora la apuesta


De aventuras sin hadas.






Quien busca le encuentra,


Es ella embrujada.


Frente al espejo


Ve en sus ojos su mirada.




Querubín




En medio de la noche


Tus besos me embriagan.


Te resisto presente,


Te busco entre faldas.






Adentras mis sueños,


Pesadillas doradas.


Conviertes la noche,


El día se embriaga. 






Te busqué en los infiernos,


Me ahogué entre tu cuerpo.


Entregué solo un cuento, 


Escribí solo un verso.






Tu morder no me agobia,


Tus celos me matan.


Muy lejos tu boca,


Muy cercana a mi alma.





Entre risas y llantos,


Me encuentro en tus brazos.


Si me tiras me muero,


Si no me tiras me mato.


Nada



Soledad, mentira, odio, burla, envidia, miedo, violencia, corrupción, poder, contaminación… ¿Por qué seguir luchando? ¿Cuál es el sentido? ¿Si sólo soy uno que nunca logrará cambios, para qué siquiera intentarlo? ¿Para qué soñar? ¿Para qué vivir?

Algunos vivimos torturados con la clara visión de lo cruel de nuestra realidad. Otros, como dueños de su destino, deciden vivir su vida al máximo, llena de alegría. Al ver su mundo paralelo, tan distante al mío, no puedo hacer otra cosa que preguntarme: ¿Cómo lo hacen? ¿Podré hacerlo yo? No puedo evitar analizar -y quizás ahí mi problema, pienso demasiado- en esos hechos que llenan de tanta felicidad a algunos. ¿Es felicidad o acaso es enajenación? ¿Serán prófugos de la realidad? ¿Y qué es la realidad anyway? ¿Será creada solo en nuestra mente? Si es así, no tiene sentido entonces cuestionar sino vivir. Pero, ¿y si no? ¿Acaso es irreal el sufrimiento ajeno? ¿Acaso es irreal el nuestro?

No puedo evitar que me apeste lo mundano, lo común, lo rutinario. He intentado enamorarme y seguir el modelo social implantado por los muchos, pero los que somos no-tan-pocos no encajamos en él. ¿Será acaso que utilizamos el amor como escape fantasioso o será que simplemente aun no entiendo su poder? Siempre me cuestiono por qué me obligo a sentir algo que no fue genuino desde el principio. ¿Seremos en realidad acaso simples cobardes que no se atreven a conformarse? ¿Será todo tan simple como para poder responderlo en unas cuantas oraciones?

Usamos las drogas, la rutina, la socialización y el amor como medios de felicidad para olvidar que fuera a ese momento, fuera de ese adictivo sentimiento de compañía, de placidez, se esconde la verdad global: la injusticia, el hambre, la muerte.

Pasan los días, meses, años y sigo aquí, con ganas de hacer algo, de darle sentido a mi existencia, de luchar por un cambio pero no paso de unas cuantas palabras que eventualmente terminan siendo borradas...




A usted mujer



A usted mujer,


figura idealizada por nuestra mente romance,


¿qué no ve que seguimos sus gotas de sangre?


Quizá ya olvidó que antes vestía solo entre encajes.






Como en historia de Calderón le pensamos,


aunque ocasionalmente un puñal lleve en mano.


Eterna aliada que permite a su corazón cegarse,


¡no permita que el vil de nuestro lado le arrebate!






Emprendamos luchas,


batallas interminables.


Si algo de usted hemos aprendido:


No hay batalla que el corazón no gane.


Sucumbir intentándolo

Atrapado entre angustias inexpresadas y barrotes de corrupción, me he ido, poco a poco como el acercamiento a la muerte, acercando al conformismo; al desasosiego de sentirme impotente y darme por vencido.  

Mi frustración, causada por circunstancias y quizá falta de perseverancia, provoca en mí un nuevo deseo que no lo es tanto: intentarlo de nuevo. Son muchas veces las que he soñado con un mundo, muy mío, que quiero deferir con otras mentes; o por lo menos con las que quieran escucharlo. He intentado más de mil noches desahogar este espejismo amargo primero entre rimas, luego entre papel, más rimas, la imagen, la nueva rima… siempre deseando más.  

En un mundo insular, ahogado entre sus sombras, la razón material, aunque muy importante y sumamente determinante, pierde peso entre sus contextos y subtextos. El deseo de expandir nuestro raciocinio, ante la imagen de una posible influencia de un mundo sabio en experiencias, se convierte en un sueño libertador.   

Las limitaciones de políticas, nacionales y principalmente internacionales, dificultan ese proceso. Entre tantos tropezones no hay otra opción que subir a la superficie para tomar aire nuevamente y volver, así, a sumergirse entre aguas obscuras buscando ese árbol dorado. 

Heme aquí una vez más, intentando buscar nuevamente herramientas que me ayuden a durar un poco más tiempo entre las aguas. Busco en ese intento un manantial de provisiones, de las mejores las mejores, que me abran paso. 



miércoles, 26 de febrero de 2014

Bocados nocivos

En un pequeño negocio de barrio, mientras espero, contemplo a los protagonistas que le visitan. Como decoraciones de aquella vieja y descuidada estructura de techo muy bajo y agrietado, sobre losetas insensatas con decoraciones que declaman su historia entre la  sucia cubierta que les guarnecen, esperan entre barrotes violentos los personajes  alimentar sus sebos. Un hombre alto, de algunos 60 años, con pelo blanco y barba cuidada se enorgullece en silencio de su estilizado calzado rojo;  sobresaliendo así las líneas escarlatas  de su camisa de cuadros, muy entallada. Sus ajustados mahones no irían a ninguna parte. Si aquella moldeada  pieza en algo le fallara, para eso estaba aquella correa tan apretada. Junto a él, una joven que dejaba pasear su celulitis sin timidez bajo cortísimos pantalones. Sin duda quería dejarle compañía a sus muslos, porque su blanda barriga también dejó desnuda. No sé si eran sus sandalias, sus largas y decoradas uñas o su cabello turbante lo que me hacía pensar que a aquella mujer la había visto yo en alguna otra parte.  Tras ella, sin razón aparente, un hombre de edad avanzada disfrazado de adolecente pretendía hacernos pensar que era el suelo lo que contemplaba. Buscaba desesperadamente atención declamando con erotismo forzado discursos ignorados, mientras mi nariz sufría la insensatez de aquél exceso de perfume depreciado.


No fue hasta que entró el joven con gafas de sol y gorra, acicalando su cuello con una cadena de oro tan gruesa como las utilizadas en tiempos de esclavitud, la antigua, con sus anchísimos atuendos y su condición bravucona que me di cuenta de lo que me estaba ocurriendo.  Mi pulso estaba siendo exaltado no tan solo por el violento contexto  de nuestra realidad ni por el amarillismo que la reporta, sino también por mis prejuicios. Intenté alejarme de ellos pero mi condición humana me lo impedía; fue entonces cuando decidí abrazarlos y ponerle nombre a esta historia: El viejo pato, la puta, el viejo verde y el caco.



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